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Ecografía de un tejido wichí, en China

08/07/2018 Detrás de una yica o una prenda cualquiera tejida con la fibra del chaguar, existe una historia, la de una mujer, de una comunidad, de una cultura. Detrás de cada punto, de cada hilo, de cada trama, de cada color, hay un proceso, hay monte, hay natura, hay distancias, hay tiempo. Esfuerzo y de nuevo, cultura. Delante del esfuerzo, hay –pequeñas o grandes- recompensas. Aquí, un ejemplo.

Esta historia está dada vuelta empieza en el logro, uno de tantos: la artesana wichí formoseña, María del Carmen Toribio, fue elegida para exponer sus prendas en el Museo de Arte JINTAI de Beijin, China. El cómo, el cuándo y significado, lo cuenta ella. 

“Tengo unas prendas en el Fondo Nacional de las Artes que forman parte de su patrimonio. Yo pertenezco al Fondo, estoy entre las personas premiadas”, contextualizó María. Comentó así que, bajo el nombre “Memoria viva textil” y en conmemoración a su aniversario N° 60, el Fondo Nacional de las Artes de Argentina, organizó una serie de exposiciones en el extranjero, con una colección que recoge piezas de artesanía tradicional y contemporánea, y refleja la calidad –y variedad- de la producción nacional.

“Como veinte artesanas de todo el país fueron seleccionadas para representarnos. Soy la única formoseña. Entre mis prendas se destaca una pollera elaborada a dos puntos que combina el punto yica con el de la red de pesca, además de unos paños. En Buenos Aires, el Fondo tiene, en el museo, un vestido y dos bolsos, para llevar al bebé y otro bien grande de las mujeres antiguas”.

La presencia de las producciones argentinas en el museo de China, fue la primera de trece exposiciones más, antes de pasar por Nueva York y Roma. Los tejidos de María atraviesan el mundo.

El origen

María aclaró que desde el año 2013, viene participando en los concursos que lanza el Fondo y desde entonces, obtiene el primer premio en el rubro textil – chaguar. Que desde incluso antes, se animó a mostrar sus trabajos en otras provincias y así llegó a otros países. Sin embargo -dice- esta oportunidad es especial: nunca antes había recibido tanto reconocimiento por parte de la gente de su provincia como ahora: “Estoy muy contenta por esta exposición. Me llamaron de toda Formosa para felicitarme, es la primera vez que me pasa eso. Hace como diez años me dedico a la indumentaria. Hoy mis trabajos son muy valorados en otros lugares, pero siento que esta es la primera vez que me valoran en mi tierra”, expresó.

En cuanto a esta experiencia, su reflexión inmediata fue la de romper prejuicios y estigmas, de ella para con su público, y viceversa. “En el 2010 estuve exponiendo en el Museo Smithsonian de Washington y de Nueva York. Hasta ese entonces, tenía esa imagen de los gringos, así como muy ligada a la tecnología y tan distante de las artesanías. Sin embargo me recibieron muy bien y valoraron un montón mi trabajo. Se sorprendieron porque no sabían que en Argentina teníamos este tipo de trabajos, con fibra vegetal. Sólo tenían conocimiento de México y Perú”, comentó.

En cuanto a su forma de comercializar y financiarse, explicó que los canales por donde más vende son Facebook y las ferias. “Todos los meses trato de asistir a las ferias: enero, Cosquín; febrero, Colón; marzo, Córdoba, y así. El año pasado y lo que va de este me fue muy bien. Incluso en los desfiles: en el 2017 estuve en la bienal de Montevideo y en Córdoba. El último fue este año, acá, en el Formosa Da Gusto”, puntualizó.

La fibra, la sangre

El oficio de tejedora es una cuestión cultural, está en la genética, en el sexo. El oficio corre por la sangre desde el momento en que –se sabe- el bebé wichí es una nena. Pero, así como los tobas tomaron como suyo la lana y la cestería, los wichis tomaron el ‘chaguar’ o ‘caraguatá’, denominaciones de origen quechua y guaraní respectivamente, que reciben numerosas plantas. 

El tejido con Chaguar es una práctica ancestral: las abuelas de las abuelas de las abuelas, lo hacían. Así lo explica María, quién nació y se crio entre tejedoras. “El tejido es de la mujer. Mi abuela era tejedora y así lo fueron sus hijas, mi mamá y mi tía. Yo aprendí mirando, tejer es hereditario. En la comunidad hay muchas artesanas -la mayoría forma parte de alguna cooperativa-, yo no soy la única y mucho menos, la mejor. Las mejores tejedoras están en Ramón Lista”, comentó.

Históricamente, la fibra ha tenido números usos: indumentarias y herramientas para la caza y la pesca, tapices, e incluso, cicatrizantes. Hoy, se tejen yicas, mantas, bolsos, cintos, monederos, vestidos, polleras y otras vestimentas, hasta artículos decorativos.

La impaciencia está prohibida. El proceso lleva tiempo, esfuerzo y dedicación: ir al monte, elegir las plantas, desprenderlas de la tierra con raíz, con machete o palo. Separar hoja por hoja y realizar atados que faciliten el traslado. Sacarle la fibra a cada hoja y exponerla al sol durante tres o cuatro días hasta obtener un color blanqucino. Ponerlas en remojo, machucarlas y raspar la resina con un cuchillo. Una vez seco, se arman los hilos del chaguar. La artesana, con sus dedos impregnados en ceniza la soba sobre su muslo hasta lograr una textura fuerte. El hilo listo espera al resto para su posterior teñido. Sí, todavía es muy pronto para hablar de tramas, moldes o medidas. Primero, el color. El proceso de teñido consiste en hervir lo que la naturaleza les brinda, como raíces, cortezas, semillas, hojas de árboles y frutos. (El algarrobo para el negro, palo santo para el verde, por ejemplo). 

En sus telares, se combinan técnicas antiguas con actuales. Las tejedoras arman la trama, combinan formas y tonalidades siguiendo códigos, imágenes que ven del monte, en el plumaje de las aves o en su pecho, en las garras del carancho, en el lomo del león, el cuero de víbora, entre otros.
“Las formas de tejer el chaguar varía según el producto que se desea obtener”, comentó María y aclaró que según el qué, también, los tiempos: “El punto yica lleva mucho trabajo. El vestido que tienen ellos- el Fondo Nacional de las Artes- me llevó dos o tres meses”.

Las venas, el deseo

María del Carmen Toribio es una mujer wichí de Ingeniero Juárez que tiene, además del don de entramar los hilos, coraje. Los reconocimientos se los debe a sus manos y a su actitud valiente de sacar sus productos más allá de los márgenes, empapando el mundo de la esencia intrínseca de un pueblo, de su lugar, Formosa.

Como ella, miles de artesanas pueden lograrlo. Pero para eso, hay empezar por animarse. “Mi mensaje es que salgan, se animen. No es fácil, yo no tengo dinero y sé que jamás tendré. Si, es difícil porque viajar, participar de concursos o una feria, todo tiene un costo. Pero siempre hay gente, que te ayudan a cumplir los sueños. En mi caso, mi marido y mis amigos, sobre todo Angel Montoya y Verónica Romero”, expresó, reconociendo que su motor es el deseo.

“Yo quiero que se conozca. Se trata de nuestra identidad, la llevamos con nostras. Se puede lograr. Es importante que el mundo vea que nosotras también podemos y sabemos hacer cosas, sabemos confeccionar prendas sin encerrarnos en una yica, y sin perder la raíz de nuestro diseño”.



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