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Abel, una historia de mérito y superación personal

18/06/2018 El compromiso, la amistad, el respeto, la empatía, el compañerismo, la fortaleza, la juventud, valores adquiridos en el hogar, en la calle, en las instituciones, hicieron que Abel Giménez hoy tenga una historia para compartir

Abel Giménez nació en Formosa, en el barrio San Francisco, pero creció en el Villa Lourdes. “Soy el resultado de la lucha de mi mamá, Felipa Núñez, las raíces de mi papá, Luis Giménez, y la pureza de ambos”, se presentó. “Mi papá es analfabeto y mi mamá terminó el séptimo grado de grande. Los dos vinieron del campo. Ella del Paraguay, de la chacra, del monte. El, lo mismo, pero del monte formoseño. Se conocieron acá, cuando mi mamá llegó con dos hijos a cuestas como tantos inmigrantes paraguayos. Mi papá también tenía un hijo antes de eso; cuando se juntó con mi mamá nací yo y también se hizo cargo de mis hermanos”, siguió.

Abel habla de sus padres y se le infla el pecho. Su historia dejará a la vista que -pese a las vueltas de la vida, los desaciertos, las decisiones fallidas- los valores de su familia siempre fueron su guía. 

“Yo, al ser un pibe de barrio, pude haberme metido en una mala vida, dejarme llevar por la vagancia, pero no. De adolescente era muy rebelde: en la escuela, en la casa, en todos lados. Contestaba mal, me enojaba rápido, reaccionaba, cuestionaba todo. Pero cada vez que lo miraba a mi viejo, que lo escuchaba, no podía”, relató. Según dijo, a diferencia de otros padres que él conocía, los suyos “eran revolucionarios para él”, porque jamás levantaron la voz y, por eso, imponían respeto: “Cuando mi papá me hablaba, para mí era palabra santa. Pero recién de grande fui a darme cuenta de todo ello”, reflexionó.

Abel llegó primero al Rotaract, el grupo de jóvenes de entre 18 a 30, después de haber vivido mucho. Llegó -en palabras de él- cuando ya se estaba “encaminando”. Llegó con las simples ganas de aportar algo a la sociedad y terminó obteniendo más: conoció amigos, aprendió a compartir, a escuchar, a respetar. Se sacó los prejuicios. Entendió que no hay cuadro de fútbol, clase social, barrio, educación, apellido, ideología política o religión que divida un grupo donde el sentido común es ayudar.

PRIMER CLIC

“Siempre fui hiperactivo, molesto, y eso me traía inconvenientes. Tal es así que en el último año de la secundaria, superado por la rebeldía, tuve que cambiarme de colegio: de la 31 fui a la 10. Ahora sigo hiperactivo, pero lejos de los problemas”, contrastó. Cuando terminó el colegio, Abel se empecinó en que no quería estudiar y se fue de Formosa, pero no por mucho tiempo. 

Así lo cuenta: “Yo tenía conocimientos de ayudante de albañil, de electricidad, porque en los dos últimos años del colegio comencé a trabajar en las obras y así aprendí. Mi familia hizo que nunca me falte nada, sin embargo, materialmente, no podían complacerme con las cosas que yo quería: una zapatilla determinada, una guitarra. Por eso empecé a trabajar, para comprarme mis cosas. Cuando terminé la secundaria hice un curso que me avalara los conocimientos que ya tenía como electricista. También estudié computación. Y luego me fui a vivir a Villa Gesel”.

Eligió el destino porque allí estaban sus hermanos y se fue con lo puesto, “como rockero”. Vivió un tiempo compartiendo un alquiler entre cinco. A dos horas de allí, consiguió un trabajo de mozo. Sufrió frío, durmió muy poco, la pasó mal pero estuvo orgulloso por vivir la aventura. Conoció otras personas de otros lugares, con distintas realidades y volvió. “Aguanté seis meses. El desarraigo que sufrí me blanqueó la cabeza. Antes creía que me la sabía todas”, contó. Ese fue su primer clic.

“Volví a la casa de mis padres, decidido a estudiar; pero sabía que eso implicaba gastos. Entonces, empecé a trabajar para solventar mis estudios. En mi casa ya tenía comida y cama gratis”. Trabajaba de día, como electricista, haciendo changas de albañilería, como mozo, y de noche cursaba el Profesorado en Tecnología en el Instituto Superior Macedo Martínez. En el 2012, se recibió y hoy sigue trabajando de todo lo anterior, incluso como profesor.

SEGUNDO CLIC

“La fui remando, madurando, y fue entonces cuando entro al Club, justo cuando empezaba a recapacitar sobre mi vida. Un profesor me invitó. Yo tenía poco más de 19 y ya había vivido un montón de cosas. Estaba nublado. El Club me ayudó a madurar mi persona, mis ideas, hasta me volví a involucrar en la vida espiritual. Bajé muchos cambios”, comentó Abel.

Se sumó al Club casi por impulso, sin saber bien de qué se trataba. Recuerda esos primeros días con picardía y reconoce que el lugar donde está hoy es donde quiere estar. “Sólo sabía que era un grupo de jóvenes que ayudaba a la comunidad, algo que siempre me gustó hacer, por lo que genera en uno ayudar, pero resultó ser algo más grande de alcance internacional”, comentó. Hoy es uno de los que más conocen de la organización y del Rotaract -por la edad- pasó a formar parte del Rotary Club. “Cuando entró fue un choque, dijo. “No entendía nada, el ambiente era lindo y eso me era extraño. Era un ambiente totalmente nuevo, tranquilo, yo era muy bruto. Tenía mis dudas, prejuicios, por cómo hablaban mis compañeros o lo que pensaban. Eran más educados que yo, me decía. Pero entendí que todos, en el fondo, éramos parecidos, personas activas, laburadoras, que queríamos hacer algo por el resto”. Ahí fue su segundo clic. 

En cuanto a lo que le dio el Club, Abel mencionó: “Conocí la empatía y aprendí que un valor importante es el respeto”. Explicó que Rotarac es un grupo heterogéneo, apolítico, arreligioso, pero a la vez homogéneo: todos están allí por algo, y todos hacen uno. Para ser parte del Club hay una condición: tener ganas. Sea cual sea la realidad de uno, el lugar desde donde empiece a caminar, con compromiso, se puede avanzar; la superación en principio es personal, pero lograrlo desde lo colectivo tiene doble mérito.

“En el Rotary encontré el lugar desde donde abordar lo social. El Rotary es ese lugar que no es la familia ni el trabajo. Es un lugar donde hice amigos y crecí en lo personal. El grupo en el que me involucré para accionar socialmente”, reflexionó al fin.

UN CONSEJO: INVOLUCRARSE


¿Qué mensaje les darías a los jóvenes?, se le repreguntó a Abel. “Que se involucren”, contestó. “Que se involucren con lo que quieran, con la causa y la organización que desean, pero siempre manteniendo sus valores íntegros y sus ideales. Que reflexionen sobre qué les molesta, qué les preocupa, acaso los animales, los niños, los abuelos, el medio ambiente, por nombrar algunos sectores, algunos ejemplos, y que se involucren con ello”, se explayó.

“Que busquen un lugar desde donde accionar, puede ser el Rotary o cualquier organización. Que pierdan los medios, los prejuicios porque todos lo pueden hacer, no hace falta ser alguien extraordinario”, mencionó. Lo extraordinario -sin embargo- son las acciones y, en este caso, Abel, es el ejemplo.

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Hace 40 años trabaja con profesionalismo y vocación en el Diario La Mañana. Con este medio realizó coberturas de hechos históricos en el país y fotografió a decenas de personalidades. Con su segunda pasión, la fotografía de naturaleza, logró que su arte trascienda las fronteras