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LOS SOÑADORES NUNCA APRENDEN

24/04/2018 El pasado sábado 14 en el predio de Tecnópolis, a nueve años de su última visita a nuestro país, la banda británica Radiohead, que ha sabido transitar sus 25 años de carrera por senderos inextricables, muchas veces cargados de incomprensión y hasta rechazo, echó mano a un viaje sensorial superlativo que mantuvo levitando a unas casi 40.000 personas durante más de dos horas y media.

El trance emocional inició con una tímida pero hipnótica “Treefingers”, del disco “Kid A” (2000), que recorría cual espectro la muchedumbre de almas abatidas y se filtraba por ósmosis debajo de la piel hasta del más abstraído incauto. Todo era tiniebla y estupor, hasta que “Daydreaming”, de “A moon of shaped pool” (2016), ganó la escena y el piano de Jonny Greenwood iluminó el firmamento. “Los soñadores nunca aprenden”, diría Thom Yorke. No. Nunca supimos cómo. Y su voz fue nuestro refugio del mundo. Al momento, pequeños retazos de luces blancas nos atravesaban como si fuésemos cuerpos etéreos y un óvalo de agujero negro en el espacio se tragó el tiempo por completo.

 
“Full stop” (“A moon of shaped pool”) derramó un caudal de tinta azul por los aires y se encendió la noche. Una danza errática nos tomó por asalto y nos mantuvo sin tocar el suelo durante el resto del trance. Y volvimos los pies a la Tierra. “15 steps”, de “In rainbows” (2007), nos agitó al ritmo de las maracas de Thom, tratando de imitar la cadencia ritual de Colin Greenwood. “Etcétera, etcétera…”.

 
El reverendo Thom ensayó unos saludos rituales y
“Myxomatosis”, de “Hail to the thief” (2003), desató su baile sensual cargado de histrionismo y provocó la neurosis colectiva. “Ok Computer” (1997) trajo “Lucky”, que triplicó la dimensión de nuestros corazones y no nos cabían en el cuerpo tantos latidos acompasados. Sí que era éste un día glorioso y nadie podía asimilar tanta magia diseminada por el aire. “Nude” (“In rainbows”) dejaba llover su melodía de niebla y la voz de Yorke nos empapaba de una estridencia única.

 
“Pyramid song” fue la mejor y más hermosa pincelada de “Amnesiac” (2001), mientras el sonido desgarraba la noche y la derramaba sobre las cuerdas de Jonny y el piano de Thom, en un viaje espiritual imposible de eludir. “Everything in its right place” (“Kid A”) hizo de la hipnosis el momento rave del encuentro y del éxtasis su más pura expresión de la intensión. “Ok Computer” regresaría con un himno. “Let down” nos deshizo en mil pedazos... “Don’t get sentimental…”. ¿Cómo no hacerlo?
“Bloom” hizo revivir al rey de las extremidades, que nos abrazaron con los tropiezos sonoros de un doble Phil Selway (Clive Deamer) y un Jonny poseído por una fuerza extraña en un golpeteo incesante.

 
“A moon of shaped pool” volvió con
“The numbers”. El futuro estaba en nosotros y en ninguna otra parte. “Los números no deciden; tu sistema es una mentira”, declama Yorke a viva voz. Y esa noche tomamos de nuevo lo que era nuestro.

 
“My iron lung”, de “The bends” (1995), nos arrojó a los noventa de regreso y ya necesitábamos un respirador artificial para poder seguir. En “The gloaming” (“Hail to the thief”), Thom emergió como el genio de la botella mientras el halo verdoso de las pantallas lo envolvía. Y esta vez fue el piso lo que comenzó a doblarse con su respiración, al improvisar a capella unos pasajes, mientras el público pedía por más neurosis tras un impasse obligado por un problema de seguridad en el público que manejó con suma pericia.

 
Jonny volvió a las guitarras para
“I might be wrong” (“Amnesiac”), junto a un
Ed O'Brien que cumpliría años al día siguiente y recibía la ovación de un público extasiado por semejante experiencia sonora que llegaba bajando en cascada. Ya nadie podía estar equivocado a estas alturas.

 
Desde el océano más profundo, un potente Ed emergía detrás de Thom en
“Weirdfishes” (“In rainbows”) y miles de flashes iluminaban la escena como escamas de peces extraños merodeando el entorno. “Feral”, de “The king of limbs” (2011), liberó un cataclismo de efectos visuales y una hiperquinesis colectiva que no dejaba permanecer en reposo a ninguno, al ritmo de “Please don’t judge me”. Entonces “Bodysnatchers” (“In rainbows”) nos liberaría para escapar de los cuerpos en que estábamos atrapados, mientras las pantallas enrojecían de tanto fuego implacable.

 
Ya en
“Desert island disk” (“A moon of shaped pool”), éramos todos hijos de la luz, totalmente vivos y aliviados. Hasta que “Climbing up the walls” (“Ok Computer”) puso todo a oscuras y despertó a nuestros más viles fantasmas, con frecuencias de radios locales sampleadas por Jonny, entre la confusión de un martillo en el hielo y ondas metálicas que provenían de algún planeta inhóspito.

 
Con
“There there” (“Hail to the thief”) devino el desastre y nos tomó por sorpresa, como accidentes esperando a suceder en una montaña rusa permanente que desembarcó en “Exit music (for a film)” (“Ok Computer”), una canción que nos dio calor y asfixia de tanto sollozar a través del espasmo.

 
Enceguecidos por la fascinación que despertaba semejante puesta, con más radiofrecuencias sampleadas y luces en permanente movimiento,
“The national anthem” (“Kid A”), “Idioteque” (“Amnesiac”) y “Present tense” (“A moon of shaped pool”) abrieron paso al mensaje de resistencia contra el presente, en un mundo asustado y en permanente destrucción, para decantar en “2 + 2 = 5” (“Hail to the thief”), aquella referencia orwelliana y llamado a la rebelión ante los embates del sistema.

 
“Paranoid android” (“Ok Computer”) coronaría un setlist de lujo y uno de los más esperados himnos de la banda -junto a “Karma Police” y “No surprises” (“Ok Computer”), que no sonaron esa noche-, para cerrar la puesta con la inesperada y siempre reñida “Creep”, de “Pablo Honey” (1993), que puso en vilo emocional hasta al más acérrimo detractor del hit icono de los noventa.

 
Claro está que Radiohead no es un grupo de improvisados sino una banda sólida que a lo largo de sus 25 años, ha sabido tocar el nervio más íntimo del público y la crítica, siempre eludiendo el sendero de la simpleza y la autocomplacencia, lo que le ha valido el merecido respeto de propios y ajenos a su producto. Con discos memorables adelantados a su tiempo y propuestas novedosas que han modificado para siempre la forma de vender música en el mundo, lograron la absoluta independencia, abandonando las limitaciones que las grandes discográficas imponían a su arte. Su mensaje antisistema, que nace con “Ok Computer” hace más de 20 años, ha sido como una especie de profecía de la vida paranoide que caracterizaría a la humanidad en pleno siglo XXI.
En constante evolución y reinvención, han sabido adaptarse como nadie a los tiempos que corren, explorando los resquicios más profundos de la naturaleza humana.
Si de algo ha sido testigo el mundo en las últimas décadas, es de que nada -ni nadie- suena como Radiohead.

Washington

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