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Las “Saladitas”


En Buenos Aires cayó hace un par de años el denominado “Rey de La Salada”. No estaba prófugo sino que fue detenido después de comprobarse fehacientemente que, junto a buena parte de su núcleo familiar, era uno de los máximos exponentes de una economía informal que entreteje el comercio ilegal con prácticas mafiosas.

Sin embargo, la feria de marras tiene réplicas en muchas provincias, siendo Formosa uno de los tantos escenarios florecientes para el desarrollo de un modelo que prospera al conjuro de tiempos durísimos de lisa y llana supervivencia.

El viejo Mercado Paraguayo, y su copia moderna y amplificada en el Circuito Cinco, son dos santuarios de la economía marginal vernácula, caracterizados por elevadísimos niveles de evasión impositiva, falsificación de marcas y trabajo en negro. Su “aceitado” funcionamiento hace que entre quienes ocupan puestos en esos lugares reine un alto “espíritu de cuerpo”, tan sólido que es capaz de repeler -por la fuerza si hiciere falta- todo intento de las autoridades -nacionales, provinciales o municipales- por transparentar sus actividades y poner un poco de orden en la vía pública ocupada.

Hace décadas que este tema forma parte de las preocupaciones locales de La Mañana. El problema, sin embargo, excede las fronteras de cualquier provincia fronteriza. Argentina cuenta con una economía informal en la que se mueven millones de personas que están al margen del sistema, no aportan al fisco y, a la vez, poco o nada reciben de éste.

Varias son las causas que coadyuvan a la expansión de este fenómeno en el país: las repetidas crisis económicas que empobrecen a vastos sectores y los ciclos de bonanza que no redistribuyen lo suficiente; también la visión repetida hasta el hartazgo de un modelo de Estado que se niega a sí mismo, empeñado en incumplir sus obligaciones y en potenciar sus defectos, como la falta de controles.

La imagen predominante es la de un fisco empeñado en cazar adentro del zoológico, esquilmando a quienes contribuyen y empujándolos a muchos al borde del incumplimiento, mientras por fuera del zoológico se florean a sus anchas los promotores de un comercio ilegal a todas luces rentable.

Hace mucho que las prácticas ilegales de todo tipo se muestran como el camino más corto al éxito en la Argentina. Lo más triste es que algunas, como la marginalidad comercial, se internalizan sin producir consecuencias. Por eso, las ferias o mercados clandestinos, que trabajan de día y a la vista de todo el mundo, no son la causa de nuestros males sino la palmaria consecuencia de nuestros defectos.

Las ambiguas señales de los gobiernos y de la política en general hacen pensar que esta situación no va a cambiar a corto plazo. Por el contrario, como otras malas prácticas, el comercio informal cala hasta el hueso en el conjunto social cuando se va transmitiendo de generación en generación.

Finalmente, las innumerables “Saladitas” no son más que el espejo de la grave anomia que enferma a un país en el que las normas son ignoradas a cada paso por una inmensa legión de ciudadanos, donde no faltan aquellos que deberían velar por su cumplimiento.


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